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sábado, 15 de marzo de 2014

Crónica de un parto en la casa


Durante la larga y extenuante jornada la determinación de Aby fue puesta a prueba, y casi se rinde, pero triunfó. Vídeo

Por Jessica Ríos Viner / jessica.rios@gfrmedia.com

La decisión de parir en su casa la había tomado desde antes de enterarse que estaba embarazada. Su mayor preocupación era no alcanzar la concentración que necesitaba para enfrentar el proceso de manera que pudiera transmitirle paz a su bebé.

Aby Hernández lleva ocho horas y media con contracciones. Son las 9:00 de la mañana y su mamá, Sylvia Rodríguez, me recibe en la entrada del edificio santurcino: “Lo que está pasando allá arriba es intenso”.
Me cuenta que sus tres hijas nacieron por cesárea, por lo que está absorta en una experiencia nueva tan emocionante como aterradora.
Aby, de 33 años, está sentada en un sillón blanco con su cabeza rapada recostada hacia atrás, los ojos cerrados y las piernas abiertas. Con cada contracción emite un gemido profundo que parece más un mantra que una queja.
Lo único que delata su molestia son sus ojos y cejas fruncidas.
En total concentración estira su cuello lentamente hacia cada lado y mueve sus caderas en círculos para relajar las contracciones. Cuando aumentan se agarra del cuello de su esposo, Fernando Vélez. Paloma le masajea la espalda baja con un aceite de semillas y flores que huele por el apartamento.
Paloma es la doula, palabra que viene del griego “esclava”. Su función es hacerle el parto placentero a Aby mediante masajes, técnicas de relajación, aromaterapia, músicoterapia y otros ritos de relación.
También le acompañan Vanessa Caldari y Michelle Pérez, las dos parteras que a cada hora le verifican la presión y los latidos del bebé.
En el apartamento no hay aire acondicionado, pero no hace calor. Tampoco hay luces prendidas. El sol alumbra. Unas cortinas marrones opacan la claridad. Las horas transcurren pesadas mientras Aby entra y sale de la bañera buscando estar cómoda. Las dos parteras reaccionan a sus movimientos.
Vanessa asegura que las mujeres saben parir y las comadronas, como les llamaban popularmente hace más de 50 años, solo son herramientas que las ayudan a encontrar sus capacidades innatas.


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