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sábado, 10 de octubre de 2015

Disciplinar con control en lugar de castigo

 (horizontal-x3)En lugar de castigarlos constantemente, enseña a tus hijos límites y a manejar sus emociones

Por Camile Roldán Soto
Uno de los retos de la crianza es establecer la disciplina en el hogar. La tarea comienza desde temprano, requiere consistencia y, al mismo tiempo, cambios de acuerdo a cada etapa de crecimiento. Los cuidadores deben ejercer mucha  paciencia y autocontrol  para modelar las conductas que desean promover en sus niños.    

¿Por dónde empezar?, ¿qué funciona?, ¿cómo manejo los cambios de humor y actitudes de mis hijos? son preguntas comunes de quienes asumen la maternidad y la paternidad. 
 Es cierto que los bebés no llegan al mundo con un manual de instrucciones. Sin embargo, es mucha la investigación realizada acerca de los métodos de crianza (beneficiosos y perjudiciales) y su impacto en los menores. Hay que aprovechar ese conocimiento para evitar andar reaccionando erráticamente al comportamiento no deseado  de los niños. Así, es posible ejercer un modelo de disciplina consciente y consistente.  
 “Lo primero es tratar de no depender de la disciplina punitiva, basada en el castigo”, aconseja la doctora  Nancy Ruiz,  psicóloga escolar.  
Explica que cuando castigamos a un niño por todo, todo el tiempo, quizás cancelamos la conducta inmediatamente  pero no logramos cambios a largo plazo. El castigo no provoca en el menor la reflexión necesaria para aprender de sus errores o entender las consecuencias de sus acciones. Por el contrario, los menores castigados constanemente pueden desarrollar resentimiento, rebeldía y baja autoestima. No identifican que su conducta está mal. 
“El castigo se ejerce desde afuera, así que el control es externo”, explica Ruiz, al establecer que debemos aspirar a que los menores desarrollen autocontrol. 
 Otro problema con el castigo es que frecuentemente surge de la desesperación o el coraje del adulto. El resultado es la imposición de sanciones con poca o ninguna relación a la conducta que queremos eliminar. Por lo tanto,  el castigo carece del  impacto deseado y la conducta sigue repitiéndose. En su desesperación, el padre buscará imponer un castigo más severo, creando un círculo vicioso interminable. 
 Por eso es preferible enseñar al niño  a entender los límites y regular por sí mismo sus actos a través de consecuencias naturales.
Una consecuencia natural si el niño sale del área donde se le  permito jugar, es perder el  privilegio de continuar jugando. Otro ejemplo es tener que irse a la cama 15 minutos antes el día después de haberse negado a dormir a la hora indicada.
Se aprende más de las consecuencias cuando las mismas tienen relación con la acción problemática. También es preferible que la misma  sea a corto plazo. Cuando le quitamos a un niño un privilegio por dos semanas,  pierde impacto. Además, deja a los adultos sin opciones cuando  la conducta vuelve a repetirse en unos cuántos días.
Evita sobreprotegerlos
Muchos padres cometen el error de privarles a sus hijos experiencias de aprendizaje. El término padre helicóptero (helicopter parenting)  describe este estilo de crianza, donde el adulto están constantemente pendiente de los posibles errores del menor para evitarles pasar tragos amargos. Pero mientras no esté en peligro la salud o  integridad, los adultos deben permitir que el niño aprenda de sus errores. 
Ruiz aconseja como otro principio importante practicar la disciplina positiva. Este tipo de acercamiento está basado en el respeto al niño, más no significa que se le permitirá hacer lo que quiera. Funciona reforzando las conductas deseables que el menor lleva a cabo. Al sentirse apreciado y reconocido por hacer algo bien su autoestima aumenta. Por eso, preferirá repetir ese comportamiento. 
En su libro Gana la guerra de los berrinches y otras contiendas, la autora Cynthia Whithman, ofrece un ejemplo de refuerzo positivo. 
“Escuchas a tu hijo de cinco años jugando con un amigo. Respetan sus turnos, son justos el uno con el otro, ganan o pierden alegremente. Puedes hacer uso de tu atención para fomentar esta buena conducta diciendo: estaba escuchando como ustedes dos juegan. Joey, me gusta como dejas que Marc juegue primero. Marc, mostraste muy buen espíritu deportivo cuando perdiste -eso es difícil - y lo manejaste bien”, explica la autora, trabajadora social clínica. 
Whithman establece diferencias en los tipos de elogios que los padres hacen a sus hijos. Es importante, ser específico.  Por ejemplo, en lugar de decir: “eres la niña más cooperadora del mundo”, agradece exactamente lo que hizo. Si ayudó en el cuidado del jardín, dile:  “gracias por regar las plantas, ayudas a que crezcan bien bonitas”. 
De la mano con la atención a las conductas positivas debe existir en el hogar un conjunto de normas de convivencia acordadas por todos los miembros de la familia. 
“Según la edad de nuestros hijos, realizaremos unas normas breves (cada uno puede aportar una o dos cosas que quieran incluir).  Esas normas de convivencia son un acuerdo de respeto mutuo.  Yo como madre, no exijo todas las reglas.  Nuestros hijos tienen también unas exigencias que debemos respetar.  Por ejemplo, un niño puede decir que no le gusta que le griten. Entonces, en las normas anotaremos:  hablaremos  con tono de voz adecuado”, explica Ruiz.
Cuando los niños no cumplen con lo acordado podemos dialogar con ellos en un tono de voz respetuoso pero firme para recordarles las consecuencias naturales de su conducta.    
Whitham explica en su libro que a veces  es productivo ignorar algunos comportamientos desagradables y explica: “debido a que los niños quieren y necesitan tanto nuestra atención, quitársela tiene un gran poder para cambiar conductas”.  Es importante entender que no se trata de ignorar al niño sino su conducta, demostrándole que no obtendrá nada de ella, ni siquiera tu enojo.
Para que este método sea afectivo, debes estar preparado para elogiar la conducta tan pronto se transforme a una saludable. Por supuesto, debes ejercer mucho control sobre ti mismo para mantenerte ecuánime hasta que esto suceda, pero Witham asegura que funciona.
La disciplina es un proceso porque los niños están cambiando constantemente. Cuando sea necesario llegar a otro nivel para terminar con una conducta puedes recurrir a la advertencia y las consecuencias. Una consecuencia, según Whithman, es la pérdida de un objeto o un privilegio. Advertir al menor que deje de hacer algo o que haga algo le da la oportunidad de asumir responsabilidad por sus actos. Si responde positivamente, recibirá un elogio. De lo contrario, el adulto debe ser firme en estableer la consecuencia. 
Una de las reacciones de los niños que más tensión provoca en los padres son las rabietas. 
La doctora  Maribel Rivera Martínez,  psicóloga clínica con práctica en intervención temprana, indica que estas se convierten en un patrón cuando los infantes aprenden que son la manera de lograr lo que quieren. Usualmente, se trata de niños que no han aprendido dónde están los límites.  La rutina y la consistencia son herramientas importantes para establecer orden. Un patrón de alimentación, de aseo y de sueño ayuda a los más pequeños a mantener el buen comportamiento, indica la doctora. 
También es importante que los adultos responsables del menor se pongan de acuerdo -vivan juntos o separados- acerca de las normas de comportamiento esperado y mantener una estructura común donde se mantenga la consistencia acerca de lo que está permitido. 
“Esa consistencia es la base del proceso de crianza”, apunta Rivera. 
Por su parte, Ruiz aconseja establecer  juntos las normas de convivencia en cada hogar, preparar un calendario para que el niño sepa los días en que se irá a compartir con el otro padre/madre y asegurar que ambos practican la disciplina positiva.
“¡Porque yo lo digo!”  “¡Aquí mando yo!”, son frases contrarias al propósito de este estilo de crianza.
“No debemos entender la disciplina como una imposición de reglas y formas de actuar.  La disciplina es un medio para el desarrollo sano y feliz de nuestros hijos, un camino para enseñarles a ser independientes y responsables, sin perjudicar su autoestima y su relación positiva con figuras de autoridad”, enfatiza Ruiz.  
¿Qué debo hacer si mi hijo me pega?
Esto puede ser frustrante y hacerte perder el control, pero no debes permitirlo. A veces los niños no saben controlar su coraje,  regular sus emociones o manejar lo que sienten apropiadamente.  Si el niño es pequeño, controla sus manos o piernas para que no lo haga y dile firmemente que no se golpea.  A otros niños o jóvenes les falta desarrollar el control de impulsos.  También pueden golpear para manipular su entorno o a sus padres.  No uses el castigo físico.  Modela a tu hijo sobre cómo lidiar con el coraje, la tristeza y decepción en formas socialmente apropiadas.  Si esta conducta es repetitiva, busca ayuda de un profesional de la conducta infantil.
Claves para enseñarles a manejar sus emociones
Conversa con tus hijos. 
Pregúntales sobre sus intereses. 
Celebra sus esfuerzos.
Participa activamente de sus logros.  
Está presente cuando falla, y hazle entender que está bien fallar; y que siempre lo intentará nuevamente. 
Modela el manejo adecuado de tus  propias emociones.  Si tiras cosas cada vez que te  enojas, tarde o temprano observarás  esa misma conducta en tus hijos. 
Practica  las conductas apropiadas y conversa abiertamente sobre lo que ambos sienten,  diariamente.
·                                 Fuente: Dra. Nancy L. Ruiz, psicóloga escolar (www.psicoescolar.org)


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