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miércoles, 3 de febrero de 2016

¿Por qué nos duele tan poco Duarte?

El veintiséis de enero, día de Duarte, independientemente de que el Gobierno por comodidad burocrática quisiera convertirlo en otro día mas, escuché al amanecer la voz del patricio como si leyera el cuento de Juan Rulfo «Diles que no me maten». Ciertamente no pude resistir la tentación de volver al maestro de la narrativa breve mexicana.

Diría Rulfo, parece que alguien quiere confiar «en el olvido» de este prócer leal a la patria y por eso varían su natalicio con tan maliciosa ingratitud. Así es la actuación de los que pretenden rebelarse contra el heroísmo y ofender las sagradas convicciones de los hombres venidos al mundo, como Juan Pablo Duarte, para liberar pueblos sin reclamar la gloria.
No importa que muevan la fecha originaria del natalicio del patricio ni que el pueblo desorientado extravíe tan apoteósico acontecimiento, siempre habrá alguien sobre este solar que clave la bandera tricolor en un lugar extraordinario como símbolo imperecedero para que nunca nadie intente ignorar que hubo un hombre con un alma ardorosa y sensible que no fue indiferente al llamado superior de su pueblo cuando la necesidad de conquistar su libertad le consternaba y demandaba el auxilio salvador de sus mejores hijos.
Sin embargo, el liderazgo político del actual gobierno, en estos tiempos ignominiosos en los que se ultrajan nombres insignes que la Patria debe cuidar con anhelo y fervor como se atesoran las prendas más preciadas así como también deben valorarse y conservarse los monumentos o los próceres que la historia y la circunstancias nos han reservado para exaltar los méritos de la patria.
Ahora bien, cuando el concepto de patria ha sido irrespetuosamente retorcido para tratar de reducirlo y mal utilizar su eminencia para aprovecharse de los sentimientos del país y con ello poder lograr labrar fortunas y edificar nombres o ídolos de barro que se desploman al más mínimo soplo de una brisa ligera del rechazo de una población consciente.
Cabe preguntarnos frente a lo anterior, ¿habrá acaso una consciencia real frente a un pueblo tan decepcionado que parece que ha perdido la capacidad para reflexionar lógica y racionalmente? O sería, en el peor de los casos, que los nuevos científicos y estrategas de la política habrán creado un nuevo modelo del hombre dominicano que por un obscurantismo bien orquestado desde la cúpula del poder es incapaz de llegar a comprender en su intimidad que está siendo conducido a su propia desgracia, como el que camina vendado hacia el patíbulo y a otra crucifixión inmerecida e injusta.
Lo sano que quedaba de un pueblo como el nuestro, que ha sido tan abusado y maltratado hasta la saciedad, se ha consumido hasta el grado de lo que podríamos llamar una desintegración social plena.
Por una crisis de valores al Gobierno le da lo mismo tratar de convertir el veintiséis de enero en veinticinco, como si quisiera montar a todo el mundo en la guagua de Juan Luis Guerra. El veinticinco de enero Duarte, con enfado y tormento razonable,  pateó la lápida sagrada y dijo: «Diles que no me maten».


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